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Historias de cuarentena: Paolo, Italia

Aunque la situación de confinamiento es diferente en cada país europeo, todos hemos tenido que adaptar nuestros hábitos de alimentación, nuestra forma de cocinar y hacer las compras. Varias personas en toda Europa se han ofrecido a contarnos sus historias sobre la forma en que sus vidas han cambiado durante estos tiempos extraños.

PAOLO (46 AÑOS), LEVANTO, ITALIA

Vivo con mi esposa Diletta y nuestros dos hijos, Cristina de 20 años y Riccardo de 18 años. Pero mi esposa tiene varios hermanos y hermanas, por lo que en nuestra familia somos más de veinte personas y todos vivimos cerca. Desde que comenzó el confinamiento Diletta ha ido a ver a sus padres cada dos días para comprobar si necesitaban algo. Mi madre vive en el edificio contiguo al nuestro y nos vemos muy a menudo a través de FaceTime. Tiene más de 70 años y no sale de casa, así que hacemos las compras por ella. Hemos ideado un sistema para entregarle la comida: pasamos cosas entre nuestros edificios con un hilo, como solían hacer en el pasado.

Vamos al supermercado cada dos días, a veces todos los días. Intentamos optimizar, pero las compras que podemos hacer en nuestro pequeño pueblo costero son diferentes a las compras que solía hacer en el supermercado más grande al lado de mi trabajo. Ahora solo los residentes pueden ir a ese supermercado, por lo que comprar comida se ha vuelto un poco más complicado. Hay menos opciones en las tiendas de nuestra pequeña ciudad y los precios son mucho más altos. Al poco tiempo que el confinamiento empezara, la levadura y la harina desaparecieron. Todavía podías encontrar alguna variedad extraña de harina, aquella que nadie más quería. Pero tuvimos suerte porque mi esposa es minorista y tiene acceso a comprar al por mayor y allí compramos mucha pasta y harina. De niño pasé tres o cuatro temporadas trabajando como panadero, así que me dicen que hago bastante bien la pizza, la focaccia y el pan. Esta fue una oportunidad para retomar el rodillo. Para las bebidas, no exageramos con el vino; dado nuestro estado de ánimo, preferimos tomar una cerveza.

Las malas noticias me afectan con bastante facilidad. Pero debo decir que más allá de todas las preocupaciones sociales, éticas y de salud de esta situación, lo que más me hace sufrir es no poder ir al mar. Vivimos a 100 metros de la orilla y tengo un bote de cinco metros equipado para pescar. A mi esposa y a mí nos gusta ir a pescar y cocinar lo que conseguimos pescando. La temporada de pesca habría comenzado hace apenas un mes y debido al cambio climático, ahora dura hasta principios de noviembre. Lo que pescas depende de la temporada y en este período habríamos capturado mucho pescado azul como la caballa o la anchoa. En el mercado lo llaman “pescado pobre”, pero su sabor es excepcional. Normalmente me las arreglaba para ir a pescar los fines de semana y en mi tiempo libre, lo que significa que durante la temporada de pesca comíamos pescado al menos dos veces a la semana. Ni siquiera puedo decirte cuánto me hace sufrir no ir al mar y, encima estos días está haciendo buen tiempo y el mar está muy tranquilo, ¡las condiciones perfectas para estar en un barco!